sábado, 9 de agosto de 2014

COLABORACIÓN: El anhelo frustrado de Miguel Ángel

En 1505, el papa Julio II le encomendó una propuesta a Miguel Ángel Buonarroti que él consideró para sí mismo como un gran reto profesional: el sepulcro del propio Papa, que se ubicaría debajo de la cúpula de la Basílica de San Pedro.

El artista ideó un colosal mausoleo de estructura piramidal con tres pisos de altura, y lo más destacable, más de cuarenta figuras escultóricas de tamaño superior al natural. Esta tarea fascinó desde el principio al joven artista y arrojó en ella muchísima ilusión, pues aunque dominaba las tres grandes disciplinas del arte (arquitectura, escultura y pintura), él siempre optó por la segunda, su gran pasión.
Tan pronto como pudo se dirigió a las canteras de Carrara en busca de mármol, pero algo truncó sus esperanzas. El resto de artistas que trabajaron en Roma a las órdenes del Papa, entre ellos principalmente Rafael y Bramante, quizás recelosos del éxito y fama que estaba alcanzando Buonarroti, convencieron al Papa para que realizase la decoración de la bóveda de la Capilla Sixtina en lugar de la sepultura. Se trataba de una superficie de 10.000 m2 que debía cubrir con pinturas al fresco. El techo estaba muy deteriorado y presentaba un cielo azul con estrellas, un aspecto muy simple, cuyo autor era Piero Matteo d’Amelia.


En el año 1508 Miguel Ángel accedió al encargo pero totalmente decepcionado, puesto que el nuevo proyecto era muy ambicioso y contaba con grandes dificultades a la hora de su ejecución como, por ejemplo, el empleo de la técnica “al fresco”, en la que se debía pintar una vez que se aplicaba yeso en el muro y sin esperar a que éste se secase, con lo cual no permitía correcciones si se cometían fallos (en ese caso, se tenía que volver a repetir); o, por otro lado, las diferentes incomodidades como la altura (Miguel Ángel tuvo que diseñar unos andamios para poder subir), la postura del cuerpo a la hora de pintar… Sin embargo, hay que reconocer que si algún día llegaba a acabarlo, conseguiría un reconocimiento universal, como así ha sido.

Miguel Ángel empleó cuatro años (1508-1512) en realizar la decoración, aunque en realidad sólo trabajó tres, puesto que hubo una pausa intermedia de un año debido a la falta de presupuesto por parte del Pontífice por las diferentes luchas que mantenía contra sus enemigos.

La primera intervención duró dos años y consiguió pintar la primera mitad de la bóveda. Fue muy lenta, aunque en el segundo intervalo de tiempo, de 1 año, ilustró la otra mitad y sin duda, fue más ágil. Un ejemplo sería la duración de la realización de dos escenas diferentes: el Diluvio Universal (la primera que hizo) y la famosa Creación de Adán (más posterior).Mientras que, para la primera empleó 4 o 5 meses en hacerla, la segunda estaba terminada en 4 días. Obviamente, la primera etapa fue muy dura. Al principio, Miguel Ángel contó con la ayuda de un grupo de artistas “de segunda fila”. En cambio, no dudó en despedirlos y en realizar únicamente él todo el trabajo. Para el artista supuso un auténtico calvario, pues tuvo que sacrificarse y abandonar su querido proyecto (el mausoleo del Papa y todas sus esculturas) para embarcarse absolutamente en esa grandiosa labor. Es más, el proyecto original que ideó tuvo que ser reducido posteriormente para ser ejecutado al no haberle dedicado el tiempo necesario ni encontrar personas que lo financiaran. Trabajó durante noche y día y tuvo continuos enfrentamientos con el Papa, pues éste insistía en que tardaba muchísimo tiempo. Hay que añadir que él tenía un alto nivel de auto-exigencia y nunca se daba por satisfecho, por lo que repitió algunas partes muchas veces. No dejaba a nadie que accediera a la sala y se enfurecía bastante si alguien lo interrumpía. Además, hubo diferentes momentos en que sufrió delicadeza de salud. De todos modos, el resultado fue y es extraordinario. Se desenvuelve un programa iconográfico que contiene más de trescientas figuras, dotadas de una riqueza inigualable. Uno de sus grandes atractivos es el uso de intensos colores, más apreciables gracias a la restauración que tuvo lugar durante los años 80; la exuberancia de las formas, las grandes magnitudes y el minucioso estudio de las figuras. Se puede observar un espectacular modelado de su anatomía, algo obsesivo para Miguel Ángel: tanto los cuerpos masculinos como femeninos son muy musculosos, aunque en el caso de las mujeres no se pierde la sensualidad y la delicadeza;  las grandes contorsiones y los difíciles escorzos que adoptan, el movimiento... 

Pero lo más curioso es el tratamiento de las diferentes escenas, una tipología no muy frecuente que capta la propia interpretación del autor, e incluye diferentes elementos poco usuales: lo podemos ver, por ejemplo, en la Creación de Adán, como Dios le da aliento de vida a través del contacto de sus dedos con los del ser humano o en la escena del Pecado original, que para algunos intelectuales resulta desconcertante y para explicarla han recurrido al motivo de la igualdad de sexos, ya que siempre la religión ha afirmado que la mujer  incitó al hombre al pecado al comer ella la manzana. En este caso, podemos ver como Eva la coge y, al mismo tiempo, Adán se dirige al árbol prohibido y extiende su brazo. También, la figura del profeta Jeremías o las pieles desgarradas que sostiene San Bartolomé en el Juicio Final (en el testero de la capilla, realizado más tarde), son imágenes que se han identificado con autorretratos del propio Miguel Ángel, que muestran un visión torturada del personaje, que se debate entre el pecado y la salvación de su alma. Incluso recientemente, un equipo de científicos de la Facultad de Medicina de la Universidad Johns Hopkins en Estados Unidos ha descubierto en el rostro de Dios en  La separación de la luz y las tinieblas un cerebro y su unión con la columna vertebral, aunque se puede tratar de una ilusión óptica. Cada uno aporta su propia visión, pero ¿quién se atreve a desentrañar los misterios que esconden estas pinturas?
En general, yo creo que hay que imaginar el tremendo esfuerzo y fuerza de voluntad (para mí admirable), que empleó este artista en realizar esta obra, a pesar de que no le gustaba demasiado, ni se consideró un genial pintor. Pero, de todas formas, se forjó un gran reto: demostrar su talento también en este campo… y desde luego, lo hizo.


José Manuel González Martín

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